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Si vas a una tocada de punk y no estás al centro de la pista echando putazos, no sé a qué fuiste. Definitivamente no fue por las letras o la impecable ejecución de los tres acordes de guitarra en cada pieza. El punk fue inventado por los adolescentes aburridos de clase media como un pretexto legal para la violencia, como una especie de Fight Club deslactosado.

El punk hipster también es punk

El cartel decía 9PM, así que llegamos a Pasagüero casi a las diez treinta, con la esperanza de vernos sofisticados y amortiguar el tiempo de espera. Fallamos en ambos objetivos porque no somos gente sofisticada y a las 11:20 de la noche aún no había ni señal de la banda. En el patio alguien acababa de pedir unas enchiladas de mole, ese hombre sabía algo que nosotros no.
El sábado 18 de octubre vino Cloud Nothings por primera vez a México, así que decidí invitar a un par de amigos, conocedores del punk, si tal cosa existe. A menos que sea el concierto de una banda desconocida de exconvictos en algún escenario ilegal en una bodega de la Guerrero, ellos siempre calificarán a la muchedumbre de “hipster”, como si la palabra aún significara algo; por eso les gusta preguntarse en voz alta cuánto tiempo tardará en armarse el moshpit, o si tendrán que provocarlo ellos mismos. Debo admitir que sí vimos muchos lentes de pasta y sombreros amish, pero mis amigos subestiman el poder del aburrimiento de la clase media. El tedio es una fuerza universal y no le importa qué tan entallados sean tus pantalones o qué tan peinaditos lleves los bigotes.
La banda subió al escenario casi a las 11:30. Apenas saludaron al público y de inmediato comenzaron a tocar. En cuanto reconocimos los primeros acordes de Stay Useless, el caos al centro de la pista hizo retroceder a los muchachos que desde las nueve esperaban tomándose selfies frente al escenario.
Contra la reja quedaron sólo los valientes.

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Now Hear In

Escuchando sus discos de estudio, cuesta trabajo imaginarse la intensidad del público durante una tocada de Cloud Nothings. En Internet no tienen mucho material en vivo, quizá lo que más les haga justicia son las Spotify Sessions, donde las canciones son más rápidas y el sonido más sucio.
La segunda canción que tocaron fue Psychic Trauma y después creo que siguió Quieter Today. Ambas tienen su buena dosis de guitarrazos y es como una regla no hablada de estos eventos que, cuando no estás coreando la canción, debes abrirte paso al frente de la pista. El concierto abrió fuerte, así que llevábamos unos diez minutos seguidos echando codazos. No me quejo, en general, la diversión en el slam comienza al tercer madrazo en la nariz (dado o recibido, da igual), pero en secreto esperaba con ansia el final de cada canción para detenerme un minuto a respirar.
Ya comenzaba a hacerme a un lado para tomar una cerveza y recuperar el aliento, pero comenzó a sonar Now Hear In, probablemente la mejor canción del nuevo disco.
Brinqué directo al centro del tornado de puños como esos insectos de carretera que vuelan de frente al parabrisas de algún auto, esperando que nada malo pase. Mantuve mi lugar como todo un campeón, por lo menos durante un par de minutos, antes de recibir un codazo en la boca del estómago.
Si andan en el Centro Histórico, por la calle 5 de mayo, les recomendaría mucho probar la hamburguesa con queso del café El Popular, aunque viene muy bien servida, así que evítenla si tienen planeado recibir un codazo en la boca del estómago.
Como pude me abrí paso en dirección contraria al flujo de la multitud, a la frontera entre los putazos y la gente civilizada, donde el aire aún tenía un poco de oxígeno. Me costó trabajo salir, por lo menos tres veces me volvieron a empujar al slam y hacía casi tres años que no tenía la necesidad de vomitar en un espacio público.
Corrí rumbo al baño, a través del patio, donde el olor a cigarro y enchiladas de mole tampoco ayudaban, y pues nada, vomité. Así esto. No es que espere reconocimiento por mi manejo de crisis, pero un segundo en falso habría hecho del concierto una experiencia mucho más hardcore. Al final me comí unas mentas, tomé una cerveza y recuperé el aliento.
Aquí no pasó nada.

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El rey de los feos

Debo admitir que mientras sonaba Pattern Walks no me alejé de la barra. Necesitaba descansar, acababa de recibir una limpieza percusiva de estómago y además no me gusta tanto esa canción.
Un amigo salió de la muchedumbre y me preguntó si me había agarrado la lluvia. Él mismo se veía como si hubiera caído con ropa en un río de sudor. Estaba a punto de contarle mi tragedia, pero comenzó a sonar Fall In, la canción con la que conocí a Cloud Nothings. No tuve más opción que correr al centro de la pista.
Me imagino que estos son los momentos que los viejos recuerdan con nostalgia en los meses de su vida en los que empiezan a morir, el testimonio físico de la juventud perdida y la fuerza de un cuerpo que, como el tiempo, nunca volverá a ser el mismo.
Si vas a una tocada de punk y no estás al centro del escenario, dale una oportunidad. En medio de los putazos todos somos hermanos. Si alguien se cae, lo levantamos; si alguien se pasa de intenso, lo sacamos; si las morras deciden unirse al baile de los codos y los puños, les asignamos su propio espacio, y no es porque queramos perpetuar el heteropatriarcado, sólo queremos actuar como imbéciles durante una hora sin el riesgo real de lastimar a alguien.
Si de actuar como imbéciles se trata, Separation es la canción perfecta. En las otras piezas hay letras pegajosas, hay momentos para brincar, o valles en la intensidad de los guitarrazos; hay pausas, pues. Separation es una pieza instrumental de tres minutos con cuatro segundos que en vivo fueron como cinco minutos seguidos de putazos, sin pausa, sin letra, ni un descanso. En ese lapso de inconsciencia es normal que empiecen a pasar cosas raras.
Durante unos segundos se abrió un espacio entre la multitud, del otro lado dos vatos armaban una rampa con sus manos y me invitaban a subir. Y pues nada, que me subo.
Puse el pie entre sus manos y fui impulsado a la cima de la muchedumbre. ¿Vieron croudsurfear a un muchacho ridículamente apuesto? Traía una playera roja de Blur porque ese día no tenía más ropa limpia y blandía en el aire una chamarra negra como su estandarte. Ese era yo.
Entre las luces de colores que le daban forma al vapor de propenglicol en el escenario, me sentía como Dios al centro de su nébula cuando decidió inventar el punk. Miré al frente, a donde cuatro muchachos de Ohio habían ocasionado todo esto. Joe, el guitarrista, me miró y levantó la barbilla. Durante unos diez segundos fui el rey de los feos.
Luego la muchedumbre me lanzó al escenario y caí con el hombro sobre unos amplificadores y una pieza de iluminación muy cara. Me levanté cargado de adrenalina pero ya tenía a tres personas de seguridad a mi alrededor, listos para escoltarme de vuelta a la pista.
Cuando regresé a la muchedumbre un completo extraño me gritó “¡Volaste! ¡¿Sí viste cómo volaste?!”.
Y ese es el momento que recordaré de viejo, cuando empiece a despertar cada mañana con menos vida entre los huesos.

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